El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, ofreció una homilía en la que analizó la relación entre la carencia de bienes económicos y la virtud de la humildad, basándose en textos evangélicos.
El arzobispo emérito de la Arquidiócesis de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, pronunció una homilía el domingo 5 de julio de 2026 en la que abordó la relación entre la pobreza material y la humildad espiritual.
En su reflexión, Castagna afirmó que “aunque existe cierta correspondencia entre la carencia de bienes económicos y la humildad, no siempre coinciden”. Señaló que “hay seres económicamente pobres -carentes de bienes materiales- que por ambicionarlos son ricos, y hay otros, que administrando bien lo que poseen, son pobres de corazón, porque lo ponen al servicio de los hermanos más necesitados”.
El prelado citó el encuentro de Jesús con el hombre rico en el Evangelio para sostener que “el apego a las riquezas -poseídas o deseadas- aleja de la pobreza evangélica”. Añadió que “hay pobres que son ricos, por la ambición, y hay ricos que son pobres, por su desapego de los bienes que poseen”.
Castagna definió la humildad como “fuente de sabiduría y poseedora del Reino”, y afirmó que “está basada en la verdad”. Indicó que “inicia y corona la lista de bienaventuranzas que Jesús enumera ante sus sorprendidos discípulos” y que “su valoración es poco digerible por el mundo contemporáneo”.
Recordó que “San Juan Pablo II afirmaba que el mundo espera de los cristianos el testimonio de la santidad”. Añadió que “ante el estado de decrepitud moral, que presenta el mundo contemporáneo, se presenta Cristo -‘Señor de la historia’- como respuesta”.
El arzobispo emérito sostuvo que “la soberbia, como persistencia del ‘ego’ autorreferenciado, invade todos los aspectos de la persona” y que “se la ataca en la raíz, que necesita ser extirpada, para que no se extienda como una infección mortal”.
En otro pasaje, Castagna afirmó que “el culto al dinero deforma el corazón y presenta una versión mentirosa de la religión”. Dijo que “la pobreza evangélica otorga poder para el bien y la verdad, indiscutido valor reconstructor de las relaciones humanas”. Citó a Jesús: “Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al dinero”.
Finalmente, señaló que “el yugo de Jesús reclama paciencia y humildad de corazón” y que “la levedad del mismo, no es el facilismo, que persiguen las ambiciones mundanas. Es capacidad de renuncia, y su consabida abnegación”.
