El profesor de Ciencias de la Computación de la Universidad de Georgetown publicó un ensayo en el que sostiene que la conversación sobre inteligencia artificial está planteada desde una premisa equivocada. Pide separar las aplicaciones y estudiar qué experimentos concretos generan riesgos.
Cal Newport, profesor de Ciencias de la Computación de la Universidad de Georgetown, publicó el 28 de septiembre de 2026 un ensayo titulado It’s Time to Investigate the AI Labs en su sitio personal. El texto amplía un artículo de opinión que había publicado días antes en The New York Times, donde solicitó que el Congreso estadounidense investigara públicamente a los principales laboratorios de inteligencia artificial de frontera.
En su ensayo, Newport sostiene que buena parte de la conversación sobre inteligencia artificial está planteada desde una premisa equivocada. Según su análisis, en lugar de analizar cada sistema, aplicación y experimento por separado, se habla de “la IA” como si fuera una única tecnología que avanza por una ruta predeterminada y sobre la que las sociedades apenas pudieran decidir.
El académico pone el foco principalmente en OpenAI y Anthropic. A su juicio, ambas empresas han contribuido a instalar una narrativa según la cual sus sistemas son cada vez más poderosos, imprevisibles y potencialmente peligrosos, mientras al mismo tiempo sostienen que continuar desarrollándolos resulta prácticamente inevitable. Newport escribe que los laboratorios quieren que se piense en la inteligencia artificial como una tecnología singular con una trayectoria inevitable.
Frente a esa narrativa, propone separar las aplicaciones y estudiar qué experimentos concretos están creando problemas. Según su planteamiento, una parte importante de los episodios recientes que generan preocupación procede de un grupo relativamente pequeño de sistemas autónomos desarrollados por los laboratorios de frontera.
Su primera exigencia es abandonar las discusiones vagas sobre “IA”. La pregunta debería ser qué sistema se está construyendo, para qué, qué autonomía tiene y qué riesgos específicos introduce. Newport señala que no es lo mismo un modelo que ayuda a resumir documentos que un agente autorizado a actuar por su cuenta sobre sistemas informáticos.
En segundo lugar, reclama revisar los procedimientos internos de seguridad. En su ensayo menciona episodios en los que agentes experimentales obtuvieron accesos no autorizados a sistemas externos y pregunta por qué investigaciones de ese tipo continuaron después de detectarse comportamientos problemáticos.
El tercer punto que plantea es ideológico. Newport teme que dentro de algunas compañías haya ganado influencia una visión casi mesiánica según la cual alcanzar sistemas superinteligentes justificaría aceptar importantes daños durante el camino. Esa concepción, sostiene, puede empujar a empresas privadas a tomar decisiones que afectan al conjunto de la sociedad sin suficiente supervisión pública.
La reacción social a este discurso también le parece significativa. Frente a las advertencias cada vez más dramáticas de los propios laboratorios, Newport resume la pregunta que cree que el público debería empezar a formular: “¿Qué demonios está pasando allí?”.
Su propuesta no consiste en prohibir toda inteligencia artificial. Es bastante más específica: investigar qué hacen esos laboratorios, separar tecnologías diferentes y obligar a justificar los experimentos de mayor riesgo.
Por eso, su crítica a la “trayectoria inevitable” resulta central. Si la IA se presenta como una fuerza de la naturaleza, solo queda adaptarse. Si se la entiende como una colección de tecnologías creadas por empresas y personas concretas, entonces vuelve a aparecer una pregunta política mucho más incómoda: cuáles queremos construir y cuáles podemos decidir no construir.
