El control de la información estratégica, antes reservado a los Estados, es disputado por empresas tecnológicas con capacidad de procesar datos y anticipar decisiones, un fenómeno que también alcanza a Argentina y América Latina.
El poder global está cambiando de manos. Ya no se define solo en fábricas, bancos o ejércitos, sino en la capacidad de procesar datos y anticipar decisiones. Empresas tecnológicas con vínculos en los sistemas de inteligencia comienzan a disputar un terreno históricamente reservado a los Estados: el control de la información estratégica.
Durante gran parte del siglo XX, el poder mundial se organizó alrededor del sistema financiero, las grandes corporaciones industriales y el complejo militar-industrial. Dwight D. Eisenhower advirtió en 1961 sobre la creciente influencia de la alianza entre la industria armamentística, el aparato militar y el Estado. Aquella advertencia describía una época en la que la potencia de una nación se medía por su capacidad industrial y su poder militar. El siglo XXI, sin embargo, introduce una mutación más profunda: el poder ya no se construye con petróleo o arsenales, sino con la capacidad de capturar y procesar información mediante algoritmos e inteligencia artificial.
En cada época, la materia prima dominante define quién ejerce la influencia global. En el siglo XIX fue la tierra, en el siglo XX fue el petróleo y en el siglo XXI comienza a ser la información procesada por algoritmos. Quien domina los datos no solo observa el mundo, sino que lo predice y, en muchos casos, lo condiciona. Empresas como Palantir Technologies no producen bienes físicos sino inteligencia operativa, integrando datos financieros, militares y sociales en una arquitectura capaz de anticipar comportamientos y orientar decisiones.
El economista Yanis Varoufakis denominó a este fenómeno «tecno-feudalismo»: así como en la Edad Media el poder se basaba en la tierra, hoy se basa en la propiedad de plataformas digitales que funcionan como territorios donde circula la información estratégica. Peter Thiel, cofundador de Palantir, ha sostenido que la libertad podría ser incompatible con la democracia, una afirmación que revela una tensión central del capitalismo contemporáneo. Para ciertos sectores del poder tecnológico, la libertad se concibe como autonomía absoluta frente a cualquier regulación; la democracia, con sus controles y mecanismos de rendición de cuentas, deja de ser un marco legítimo para convertirse en un obstáculo.
Las plataformas acumulan capacidades que antes eran exclusivas del Estado (procesamiento masivo de datos, análisis predictivo, modelización social) pero lo hacen sin controles democráticos equivalentes, construyendo un mapa invisible del mundo donde se anticipan comportamientos y decisiones colectivas. Lo más delicado es la convergencia entre estas empresas y los sistemas de inteligencia estatal. Palantir nació vinculada a estructuras de seguridad occidentales y creció desarrollando herramientas para agencias de inteligencia y defensa de Estados Unidos y Europa. El problema se intensifica cuando ese modelo se proyecta hacia el resto del mundo, exportando no solo tecnología sino infraestructuras de inteligencia hacia países que no controlan ni el diseño ni los algoritmos de esas herramientas. Quien provee el sistema termina condicionando el funcionamiento del Estado que lo adopta.
En ese contexto debe leerse el interés creciente de estos actores en América Latina y, en particular, en la Argentina. No se trata de simple cooperación tecnológica, sino de la expansión de un modelo de poder que, allí donde se instala, tiende a generar dependencia estructural. Una dependencia que ya no se limita al financiamiento o al comercio, sino que se traslada al plano cognitivo, a la forma en que se procesa e interpreta la realidad. Esa es probablemente la forma más sofisticada de subordinación en el siglo XXI.
La Argentina no puede mirar este proceso desde la periferia ni limitarse a consumir tecnología diseñada por otros. La soberanía del siglo XXI es, en gran medida, soberanía digital. Desarrollar capacidades propias, regular con inteligencia y construir alianzas internacionales no es una agenda opcional, es una condición de supervivencia democrática. Si los Estados no fijan límites, otros lo harán en su lugar, y para entonces la democracia no habrá sido derrotada en una batalla, sino cedida en silencio, decisión por decisión, algoritmo por algoritmo.
