Estafas afectivas con identidades falsas: el mecanismo detrás de los engaños que cruzan países

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Casos en Francia, Argentina, Japón y Filipinas muestran cómo personas de distintos perfiles transfirieron sumas millonarias a interlocutores que nunca vieron en persona. Especialistas en ciberseguridad y psicoanálisis explican el proceso que lleva a una persona a aceptar como real una relación con una celebridad o un personaje ficticio.

Una diseñadora de interiores francesa de 53 años entregó más de 830.000 euros a un interlocutor que nunca vio en persona, convencida de que mantenía una relación con Brad Pitt. Una jubilada bonaerense de aproximadamente 70 años transfirió más de 3,5 millones de pesos a un hombre que decía ser Kevin Costner. Una mujer japonesa de 80 años giró más de un millón de yenes a un supuesto astronauta que decía quedarse sin oxígeno en el espacio. En Filipinas, una empleada doméstica perdió sus ahorros al creer que un supuesto heredero al trono de Dubái, generado con inteligencia artificial, la había elegido para casarse.

Estos casos no son aislados. Ocurren en distintos países y afectan a personas que en su vida cotidiana no son consideradas ingenuas. La pregunta que atraviesa el análisis no es cómo alguien puede ser tan crédulo, sino qué mecanismo hace posible que, bajo ciertas condiciones, una persona acepte como real una situación inverosímil.

Julio López, especialista en ciberseguridad, propone pensar las estafas en una escala del 0 al 10. En el extremo más alto ubica las más inverosímiles, como el clásico correo del príncipe nigeriano o el engaño amoroso con la identidad de una estrella de Hollywood. Allí, sostiene, suele haber una precondición en la víctima: “Puede ser una persona que tuvo un trauma, una separación, quedó solo con una alta edad, está pasando períodos de angustia”.

López señala que en la mitad de esa escala se encuentran estafas financieras o piramidales que prometen rendimientos imposibles, o situaciones donde una persona que busca un descuento termina sacando un crédito para transferirlo a un desconocido. En esos casos, afirma, no hace falta una fragilidad extrema: alcanza con el deseo de creer que algo bueno puede ocurrir.

La explicación central que ofrece López se relaciona con el lugar donde se procesa el engaño: “La estafa se produce en el estómago, y lo que nosotros estamos hablando lo estamos hablando en el cerebro”. Según su experiencia entrevistando víctimas, el contacto inicial entra por la razón durante poco tiempo, hasta que algo lo traslada a un plano emocional. “Ahí ya no pasa más nada que tenga que ver con lo racional”, dice.

López relata el caso de una traductora de unos 60 o 70 años, que vive sola, a quien describe como una persona estructurada. Ella nunca reconoció haber sido estafada y sostenía que había transferido decenas de miles de dólares para investigar personalmente a la persona detrás del engaño. “No mentía, no dudaba, no titubeaba”, cuenta López, y agrega: “Vos querés hacer una cosa así y transferís 500 dólares, 100 dólares, no esa cantidad de guita”.

Oscar Abudara Bini, médico psicoanalista forense y perito psiquiatra, pone el foco en la construcción del estafador. Advierte contra la tentación de diagnosticar a la víctima apresuradamente o reducir el caso a una ecuación fácil. Prefiere reconstruir la escena que el estafador fabrica para que la entrega de dinero se sienta como un deseo propio.

Para Abudara Bini, la identidad falsa de una celebridad no es solo una mentira: “Kevin Costner no es simplemente una identidad falsa. Es un símbolo de alto voltaje que condensa celebridad, masculinidad, éxito, reconocimiento, romanticismo, excepcionalidad”. Lo que el estafador vende, dice, es “una posición subjetiva para la mujer: ser elegida por un hombre excepcional”.

La asimetría entre una persona común y una celebridad mundial es, según el psicoanalista, clave en la eficacia del engaño. La idea de “entre millones de mujeres, me encontró a mí” puede producir una experiencia narcisista poderosa, comparable a la fascinación paralizante que en la mitología clásica se atribuía a la mirada de la serpiente.

Abudara Bini describe el proceso como una escalada de etapas: contacto, reconocimiento, prueba e inversión. A cada paso, a la víctima le resulta más costoso reconocer que todo es falso. El dinero deja de ser una decisión económica racional y se convierte en una prueba de amor, similar en su estructura a una inversión afectiva. “No tenemos por ahora elementos para diagnosticar una psicosis ni un trastorno cognitivo. Estamos ante un fenómeno mucho más común”, sostiene. Y agrega: “No es que ella ‘crea una mentira’, sino que el estafador crea una realidad”.

Los casos documentados muestran variaciones del mismo guion. En Francia, los estafadores que se hicieron pasar por Brad Pitt usaron inteligencia artificial para manipular fotos, videos y mensajes, y crearon un perfil falso de la madre del actor. Pidieron dinero con la excusa de cuentas congeladas por el divorcio con Angelina Jolie y un tratamiento médico.

En Filipinas, María conoció a través de una aplicación de citas a un hombre que decía ser el heredero al trono de Dubái, con millones de seguidores reales en Instagram. La conversación avanzó a WhatsApp y a videollamadas con un rostro generado por inteligencia artificial que movía los labios en sincronía. “Parecía real. Era como si un hechizo de amor hubiera conectado nuestras mentes”, declaró la víctima. El supuesto príncipe le pidió dinero para un certificado de matrimonio, trámites laborales y la reserva de un hotel. Cuando comenzó a dudar, ya había perdido sus ahorros.

En Japón, una mujer de 80 años transfirió el equivalente a más de 6.700 dólares a un estafador que se presentaba como astronauta y decía tener una emergencia en el espacio. En Argentina, la jubilada que creyó estar en contacto con Kevin Costner consideró vender su casa para mudarse a California; la venta se frenó por la intervención de su familia.

También se registró el uso de la imagen de Elon Musk mediante videos deepfake, cuentas clonadas y páginas falsas para simular sorteos de criptomonedas o inversiones que el empresario no promovió.

Según López y Abudara Bini, lo común en estos casos no es la falta de inteligencia de las víctimas, sino la combinación de una necesidad afectiva real —de compañía, reconocimiento o sentirse elegido— con una puesta en escena cada vez más sofisticada, potenciada por la inteligencia artificial. El dinero, en el momento de la transferencia, no se vive como pérdida sino como una prueba de amor o como un paso en una historia en la que la víctima ya está emocionalmente involucrada.

Comprender ese mecanismo, coinciden ambos especialistas, resulta más útil que burlarse del resultado. La pregunta central no es por qué alguien creyó que hablaba con una celebridad, sino qué hizo el estafador para que esa posibilidad se volviera subjetivamente real durante meses.

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