El artista mendocino, reconocido por su obra en dibujo, pintura e ilustración, falleció este martes. Nacido en Tunuyán en 1929, residía en Unquillo, Córdoba.
El artista plástico Carlos Alonso murió este martes a los 97 años. Nacido el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, Mendoza, fue un referente del dibujo, la pintura y la ilustración en Argentina.
Alonso vivió en Tunuyán hasta los 7 años, cuando su familia se trasladó a la capital mendocina. Estudió en el Colegio de los Hermanos Maristas y luego ingresó a la Academia de Bellas Artes de la Universidad de Cuyo, donde tuvo como maestro a Raúl Gómez Cornet. En 1950 se radicó en Tucumán y en el Instituto Superior de Arte de esa provincia fue alumno de Lino Enea Spilimbergo.
En 1952 expuso por primera vez en Buenos Aires, en la Galería Viau. El gestor de la galería, Domingo Viau, financió su primer viaje a Europa. A fines de los años 50 ganó el concurso Emecé para ilustrar libros como Don Quijote y el Martín Fierro. Luego ilustró La Divina Comedia, de Dante; El juguete rabioso, de Arlt; La Guerra al Malón, del Comandante Prado; El matadero, de Echeverría; y Los 20 poemas de amor, de Pablo Neruda, entre otros.
También realizó el arte de discos de Mercedes Sosa y de Palito Ortega, y en 1963 para etiquetas de vinos de Catena Zapata.
En 1977, durante la dictadura militar, su hija Paloma fue desaparecida. Alonso se exilió en España e Italia y regresó al país poco antes de la vuelta de la democracia. En 1982 fijó su residencia en Unquillo, Córdoba.
Entre sus exposiciones se destacan una muestra en el Centro Cultural Recoleta en 2005, una convocatoria del IVAM de Valencia ese mismo año, una exposición junto a Guillermo Roux en RO, un homenaje a Caravaggio en la Galería Vía Margutta de Roma, y Vida de pintor, inaugurada en agosto de 2018 en el Museo Fortabat.
Alonso militó en el Partido Comunista desde los 16 años y se alejó años después. En una entrevista con Página 12, recordó sobre su regreso del exilio: «Cuando volví del exilio con Teresa, mi mujer, y mi hijo menor, Pablo, Buenos Aires tenía una carga diabólica bastante manifiesta, se había transformado en algo más gris, triste, con gente desconectada entre sí. Ahí estaban todos los medios, las reservas, las precauciones que había que tener para los encuentros. La sensación de asesinos caminando por la calle era muy fuerte. Así que pensé que este lugar chiquito, perdido entre las sierras, Unquillo, era apropiado para mascar y elaborar mi propia tragedia personal. Fue una buena elección, me sirvió para recuperar el trabajo y para reencontrarme con elementos de la pintura».
